Una mirada
el desvío
el ejercicio de la pérdida.
.Un segundo es la espera sumergida en el norte del llanto. Y siempre el llanto, la lluvia, el llano planeando el suelo y cada tanto se alteran las cúpulas de las iglesias del cielo. Un paraíso, o dos, a la deriva de un amanecer afelpado como la alfombra de tus pies que vuelan y vuelan cuando bajas de tu cama. Esa espera, la interminable, la que despierta a las tres de la mañana y las persianas esperanza te sujetan despacio para atrapar la luz de tus ojos que aquietan la angustia, el desamor y las enredaderas de aquellos otros ojos perdidos, que escalan hacia el sur del este, sobre las luces de los barcos que invadidos de mar atraviesan la línea débil del infinito. Y vos sos el puente, o tal vez el espacio vacío que se abre en el aire. Algo que llena el pecho hasta llegar al otro lado, donde abejas crujientes se detienen sobre tu rostro buscando el alimento que no encuentran, y los pétalos se cierran con la falta de sol.
El día diariamente se derrite
otras se distorsiona
distrae
detona
distanciado a veces
delimita
danza dinastías
dona el dolor disléxico
detiene la defunción del dominio solar
un domino de claroscuros
domingo ya no correrá demonios
y el día defenderá los diez mandamientos
de la demencia.
Y las ramas dejaban caer el sol por ellas como ropa tendida, en trazos de luz que sin tocar el suelo colgaban por su robusto cuerpo. El viento, esa temible boca que suspira, esa maravilla oscura silenciando los gestos de la noche, la mudez de los árboles acariciados por sus dientes. La mirada toxica del olvido, encontrar el instante perdido en la tarde ausente y azul. Una península de huida a las ojeras del miedo, el miedo y esa sensación de no pertenecer, de sol apagándose bajo las ramas.Quiero encontrarte sobre el final, para saber que en otra vida serás el comienzo.
Hay cierta histeria debajo de esta historiahabilitando el halago del hallazgo.Hablaste hasta el hartazgo con tu boca hundidaen la homogeneidad de mi memoria y helaste la mirada fuiste la hazañael hilo hinchado detrás de la nucaesperando hervir hierba de hipocresía.Y gastaste hojas de perdónhistorieta en el hocico de una junglahonesta la horcael desvaríola hora que inyecta el huesoquiebre huérfano redondo.Hortensias invaden la piel y ya no hay horrorya no hay horrorsólo un huéspedhumedeciendola humanidad de tu mirada.
La liturgia se confiesa
y la consciencia se remanga los dientes
para limpiar tantos pecados
pegados
a tu boca dormida.
Voy a rezar cada letra
cada perdón de lengua malcriada
en este desesperado sacrilegio.
Los labios se mojan en agua bendita
ojos cegados en dócil penitencia
brindar la eternidad de esta virgen
consagrada a tu divinidad.
Sólo por una mísera ostia de tu religión
voy a ser la imagen que llore
calvario de tus pies.
Y en el culto
la gula devorándome
la lujuria arañando las puertas del encierro
secuestrar a la virgen
nadie pagará el rescate.
Esta soberbia en amar
soledad empedernida
envidia a quien tiene tus ojos
quien ora tus misas.
La codicia en conquistar tus rezos
los te quiero en la mesa de luz.
Pereza maldita en búsqueda de querer
no de necesitar.
Dejar de beber vasos de ira
equivoca manera de habitar
la casa que me vive.
Y me quedará soñar entre escombros
una aparición milagrosa
o internarme en las puertas de tu iglesia
para predicar el olvido.
Algunas de ellas terminaban detrás de las cortinas de la cocina, en el agua del florero de algún muerto jardín, debajo de las botas de lluvia o, lo más probable, lavándose en algún charco de lluvia en la vereda de los cuerpos. Con el paso del tiempo nuestra violencia consistía en la cantidad de miradas que se perdían, que nos dejábamos de dar.
Los perfumes son esa sustancia gris que se evapora en la distancia, en la calle, en las rutas que se alejan cruzando distancias eternas, cruzándote a vos.
Desconocer tiene ese sabor blando de la inseguridad abriéndome la puerta en una fachada antigua, como tus besos, que se elevan como una cruz plagada de flores, de ojos azules o blancos mirando de reojo y se fastidian. Y otros quieren llevarse a su casa un ramo reluciente de tanta naturaleza muerta, como la de los muertos rodeados de flores. Un círculo vicioso, vida muriéndose para darle vida a la muerte.
Sentimientos silenciosos se posan donde una señora le da de comer a las palomas en un banco de la plaza, y la señora no esta mas sola que ese banco y forma parte del paisaje, y de la mesa servida a las miradas que comen al igual que las palomas, y que también comen carroña.
Todo es tan natural, como nuestra razón de besar que nos consume, como el día, como una vela, como el eterno girar de la tierra y de esa ruta que nos lleva a donde todo se enciende, perfora y apaga en el cielo, de tarde. Pero no es negro el cielo, debe ser tu rostro acaparando la luz, transformándola en el fin, en un fin redondo, bien pensado, en el círculo vicioso. Nada existe, el alma cae como un otoño desierto en el desierto anclado a la deriva de una ruta. Ahí los cielos son más amplios y no tienen la corteza atada a los pies. El cielo no es el mismo arriba tuyo, ni arriba mío, ni de la ruta. Pero si es un corazón latiendo en la oscuridad que me queda, combatiendo en la frontera ilimitada de la noche, ese saber no terminar y el paraguas negro bajo la lluvia, abriéndose como una hoja seca.
Y el charco, la agonía de tu cielo en la víspera de la palabra. Ella es lágrima, pero la lluvia es el eco de tu corazón autista, de los chicos amontonados al destierro del amor. Ese amor que no ahuyenta ni a los espantapájaros ni a los cuervos ni a la sangre.
Hay días que las palabras beben toda tu lluvia, y vacían los floreros de los girasoles muertos de tu mesa, sobre el mantel que se ensucia todos los días, como el asfalto se mancha de paso, de viento, de vidas. Un llanto se derrama sobre los charcos, y nadie se da cuenta, un poco mas de agua no es saliva, un poco de amor no es un charco, ni es del llanto la comida. Es una catarata invisible que alimenta las flores en las esquinas de los muertos, en los girasoles de tu mesa y ese aroma a horizonte cerrado saliendo del horno. El miedo nos mantiene heridos, y no hay mas que una ruta pisoteada, que los horizontes perdidos detrás de los ojos que se arquean para poder ver un poco mas, para poder tocar ese charco que crece como un mar infinito, lleno de peces y girasoles brillantes, de perfumes grises que van evocando la distancia transcurrida, y de corazones latiendo debajo del banco de la plaza, ya del otro lado de la ruta.
Creo que dios no conoce dónde amamos los hombres, donde se desgrana un pedazo de alma o donde se desbarranca el suave sabor de las sonrisas.
O las miradas en las veredas que abrazan la locura de saberse perdidas en la muerte o en la lluvia.
No sabe distinguir la maravilla de tus manos, y sin saber de muerte diste tanta vida y vas y venís sobre la calle.
Yo quería ser vereda siempre, con las manos de baldosas agrietadas. Quería caminar siempre hasta que te pisó la muerte en su fachada.
Y ahora quiero tu mano y ya no esta, así como mueren las palabras
en silencio, como muere la tierra sin respirar, debajo de las veredas, y rompe, rompe las baldosas para sacar sus manos, que son sangre, que son la tierra que no ves esperando la lluvia, esperando embarrar las miradas que no cesan.
Exhalé tu sonrisa vagamentesin pensar en la educación de los excesos.Mirarte era el equilibrioel éxtasis de la expresión equivocadael enfoque mal soldadoy tu encanto se acomodabaa la espesa eutanasia de tenerte.Emigrar es el ocaso del destinoamarrado a la epidermis de un espíritu olvidadoen el tiempoen la lengua cristalizadaen las pestañas del vacío que nos miraencadenado como un perro a nuestro pecho.Y es el entierro despuésla ecografía en el umbral de mi carne exhausta.Desbaratando esa egolatría cóncava de tu veredaensucie la edad de la inocencia.Pero estamos solosen lo etéreo de un segundoen la ecuación sin lógicaen el exterior de una muerte ya ganada.
Y sueño que soy un pedacito de muerte saltando en el sueño, que llevo la corbata de otro rostro colgando del mío como una aguja de reloj hacia el lado contrario de las agujas del reloj. Y ella es de color rojo, es de un rojo tan parecido al cielo que me da miedo morirme, para no acabar en él. Entonces en el sueño se abren las puertas de las margaritas rosadas que mal plante y me llevan al tallo, a la tierra humedecida y todo es silencio y tierra santa. ¿Dónde está el infierno? Y sueño que cruzo un árbol para esconderme en sus anillos, en los anillos de oro que nadie deja de usar. No creo en el oro, ni en el rojo, ni en el cielo o el infierno. Creo que debo seguir soñando y confiando más en la hora de mi rostro, e inspeccionar cada tanto las arrugas de la frente, las patas de gallo y escuchar más los gallos que cantan en mis tímpanos para que despierte, por que amo la luz de la mañana y su mirada elegante. Creo que debo pensar seriamente en no enamorarme más de las personas. Creo que debo enamorarme más del rosa de las manos, de la vereda gris del horizonte, de las nervaduras de la palma de una rosa, de la estrella verde que se enciende en mis zapatos. Y no mirar tanto al miedo, no mirarlo, ni a su codicia ni a sus dientes que muerden mi corbata roja, ya que entonces, jamás voy a confiar en el hambre del hombre, en la tristeza escalonada de las pupilas sometidas, en la mirada de quién me mira de verdad, en la flecha atravesada de un Cupido ebrio que rompe corazones mal parados y paridos, y los carga en las plumas de su espalda. ¿Cursilería? No, sólo quiero saber a que hora me saco la corbata y salto, y a quién le tocan mis pedazos..Tambien nos podemos cansar de la tristeza.
Se desmorona la piel en pedazos de cielo
todos miran, nadie ve la desesperación
la arritmia galopando en las esquinas del gesto.
¿Qué hacer cuando cae lo último que te espera?
Las rocas como una estatua del hombre tocando el mar sin las manos, con la vaga sensación del agua mojando la delgada piel de los párpados. De su tierra piel, dejándose amar por una caricia de sal estancada barriendo y juntando caracolas y su piel tierra una zanja donde permanecer el agua, una bocanada de aire, ese aire que viene desde el fondo y su inmensidad, desde donde hay otro igual que espera. En la piel el agua y yo, y ningún otro lugar donde poder ahogarse.
Hoy 19 de setiembre a las 11 horas en la Academia Porteña del Lunfardo, sito en calle Estados Unidos 1379 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se entregan los Diplomas de Honor a los autores seleccionados, los libros en el cual estan sus obras y nombre del Escritor que haya logrado el Premio Nacional Creadores Argentinos 2009.hoy un pedacito de mariana sale en papel! Seleccionada para una antologia!:)
Amar ya no te desparramate quedas vulnerable en la neblinaen lo vulgaren la vocación de los cuerpos
de alejarse.Y el dolor visceral que nos parte es una fruta madura cayendosobre la córneaa la sombra de los viajes de los ciruelosy la víspera de las visiones invernales.Cuántas vocales nos hacen faltapara armar el vocabulariodel desgaste.Veo el ocaso del valor en la vertiente de tu bocaen el vía crucis del acecho del miedoen el vaivén desaforadoy la carga desesperada de los vientosen tu espalda.Que seas voraz y vuelvas arremetido en el vagónde la vergüenzavibrando una canciónque cae vertical hacia tu lenguay que es el voltaje anestesiado de tu vida.
Besar las mañanas que desmoronan el tiempo y sus esquinas
Vas cubriéndote la herida, esa adorable cicatriz de sol.
Y el surco fantasmal, la muerte, con el calor de tu vientre también herido, que es fuego, te sacude ingenua y te padece oscura. La sonoridad de tu voz te viste y te hace más hermosa que la noche tragándose tu boca, más suave que el silencio apretando los dientes, y te enhebra. Se vuelca hacia vos, al molde perfecto que se arquea en tu cintura, en los espasmos del incendio y la gloria ventilando el temblor de tus ojos.
Tu jardín es de rosa imperfecta, ocultándose en el cadáver del otoño. El roce con tu piel cohíbe, desnuda la tierra y solo tu mirada basta, eclipsa los cielos y los montes llenos de lobos azules que se dispersan cuando los búhos se redimen. Los dedos de la noche caminan, empujan y mojan ese territorio tan tuyo y los kilómetros del apetito, de la carne arqueándose otra vez en la indescifrable llegada de tu dulzura, esa guerra vencida.
El rincón húmedo se inunda ante la tempestad de los cielos que gira y se detiene en tu respiración. El aire, todo el aire y sus flores buscan el lecho, la luna y los cercos de tu cuerpo, ahí, donde todo parece una noche de jardines azules, donde todo deja de existir, donde todo se abandona.
El abril que miraste murió apagado bajo la mirada del otoño que ausenta los atardeceres y las margaritas. Los mares evocan cierto aroma a delirio y ya nadie mas sabe que pasó con la mancha que provocó un marzo cualquiera.
Y lloras lloras que la noche es tiesala vida un cielo lleno de truenoscon el rumiante hilo de deseoque nos estabiliza.Quiero que tu noche no sea opacae irrumpa en la gigante esperasin esa ambigüedad constanteque te juega en los cabelloscomo algas.Que te sumerjas bajo la lunaen el reflejoy me inyectes a cuentagotastu nocheel llantola euforia.
Y lloras lloras que la noche es tiesala vida un cielo lleno de truenoscon el rumiante hilo de deseoque nos estabiliza.Quiero que tu noche no sea opacae irrumpa en la gigante esperasin esa ambigüedad constanteque te juega en los cabelloscomo algas.Que te sumerjas bajo la lunaen el reflejoy me inyectes a cuentagotastu nocheel llantola euforia.
A toda verdad de marea crepitandobarcos arañan el sol hasta dejarme ciega.Que sea airosa tu apatíay creme en este fuego árido del horizontelos restos de la mirada.Tu corteza gastada se desfiguraen la cervical de la memoria.
ya es tarde para pensarnos en una espera interminable
Y necesito un destornillador que afloje la neblinala extraña creciente del mar sobre el perdónlaguna cerrándose entre las piernas.La naturaleza perpetúa el ambiente gris de mi mejilla.Afuera un bolsillo de cieloguarda sobredosis de espantotenedores se hunden en mi pechoescarban cuando aparece tu risa menguantey jura inyectarse una mañanaun rayo de soluna intrépida porción de sangreque negocie las cruces con la suerte.La costura de mi vestido se abrey enciende una vela de amanecer.Ingiero la estupidez de anclarme a los oídos de los puertos que barren las pocas ganas de navegarmas allá con tanta peste.
Mi soledad es un banco sentado en la plaza
esperando la compañia que lo olvide.
Dejame vivir sin extrañarte.
Raúl bajó del micro con el mapa en la mano derecha y su “que en paz descanse” tatuado en la muñeca. Marisa ya estaba cansada de ver lo mismo, pero Raúl se portaba como un nene en un parque de diversiones que se escapa de las manos, y hay que seguirle el paso antes de que se pierda. Y no seria grato perderlo en aquel lugar.Era el sexto pueblo que visitaban del circuito, y el anteúltimo. Llegaron al lugar luego de cruzar cientos de kilómetros, entrando por calles de tierra, cruzando arboledas y mas arboledas, raíces levantándoles las pestañas, arrancándole cada tanto los párpados cerrados por tanta ruta cansina. El pueblo era de aspecto antiguo, como las ventanas que se dejan de abrir. Estaba en una gran zanja, se veía desde la ruta y podía observarse la calle principal, y el festival que tantos visitantes atraía de todo el país y hasta del extranjero. Se podía ver también, más cerca de los recién llegados, el enorme edificio de paredes negras, de apariencia abandonada, sin terminar, y sus grafitos de los visitantes de años anteriores. Unos mochileros salían efusivos haciendo ademanes y llevando el programa de actividades en una de sus manos. Raúl y Marisa comenzaron a caminar para empezar lo más pronto posible con el recorrido. Entraron al edificio y subieron por escalera al sexto piso. Los pisos y las puertas también eran negros. Había habitaciones vacías y otras llenas de gente, sin puertas ni ventanas, pero en cada una de ellas el centro estaba ocupado siempre por el cajón de roble oscuro y sus relucientes puntillas asomando. A Raúl le llamó mucho la atención una en la que se encontraba una chica sola, delgada de cabellos larguisimos, que se metía en el cajón, alargando sus brazos cada vez más y más como espinas. Sus dedos parecían ir regenerándose en su extremidad para poder tocar el cuerpo por última vez, que a su vez iba descendiendo, como si bajara por un ascensor interno, perdiéndose entre las puntillas blancas. Raúl contemplaba emocionado y sacaba fotos hasta que Marisa lo arrastró hacia la siguiente habitación, donde docenas de personas lloraban la desaparición del cuerpo de turno. No tenían a quien seguir llorando y justificar las coronas de costosas flores importadas, tanto que habían esperado por ese momento durante todo el año. Se notaba muy querida la difunta. De repente se vio en la pared una sombra envuelta en luces tenues que comenzó a reír e irse por las paredes negras, que con la luz, tan negras no se veían. Siempre se ve un poco de luz hasta en el pozo más profundo. La hija de la señora, trató de alcanzarla bajando los seis pisos, pero no hubo caso. Parece que solo quería ver cómo y quienes la lloraban, y cuan hipócritas eran. Luego oyeron a los mochileros decir que la habían visto en la ruta haciendo dedo. Siguieron hacia la próxima habitación, era la más grande de todo el edificio. Majestuosa, los dejó boquiabiertos. Un pasillo sobre pastos verdes, sobre una plaza tan verde que terminaba en un gran altar, donde el féretro destellaba sin piedad. Oro por todas partes, e imágenes, fileteados. Si bien todos los cajones tenían sus detalles en oro, éste lo era en su totalidad. Cruzaron el pasillo, rodeado de bancos, aún algo vacíos, ya que la ceremonia de inauguración comenzaría con el atardecer, cuando no hubiese luz diurna y las paredes hagan mas espesa la noche. Se acercaron al cajón que desbordaba encajes blancos al pie del altar altísimo, estaba vacío. Solo reposaba un espejo en el que cada persona podía verse reflejada. Raúl volvía a tomar fotos emocionado.Luego de varias vueltas por los seis pisos salieron del lugar y se dirigieron a la calle principal, foco del festival. Estaba decorada con banderines y luces de colores que colgaban sobre las calles, con fotos sepias de todos los difuntos participantes. La gente recorría las calles, comiendo garrapiñadas y choripanes. Las casas sin ventanas ni puertas, ni cortinas, de paredes blancas, invitaban a pasar a los turistas deseosos de conocer la vida consumada, las caras de sus hijos, los adornos en las paredes, los muebles. En cada una de ellas, una habitación aún mas blanca acunaba el cajón, sin detalles de oro, con vista a la calle, de madera más económica, con puntillas, o sedas, telas indias de vivos diseños. Coronas de rosas, pensamientos, y yuyos surtidos también.En una habitación, una señora de pelo blanco y porte de anciana pero con un rostro extrañamente joven, caminaba alrededor de su cajón. Todavía no querría meterse en él. Había detenido su reloj y los familiares esperaban a que venga su hija para ponerle una nueva pila y seguir con la fiesta. Ella era la que debía otorgarle el fin. A la vuelta del recorrido volvieron a pasar pero la señora ya reposaba con los ojos sellados. Dicen que había pedido vivir un día de los seis que duraba el festival, y había utilizado una reserva de energía interior, jovial y positiva para poder vivir unos instantes más, y ver la fiesta, de la gente reunida para celebrar la muerte, y su llegada que envuelve a los elegidos en esos días, los agraciados de irse rodeados de una fiesta de tal magnitud, y ver tanta gente extraña, ya que en el pequeño pueblo se conocían todos. Infierno grande.Siguieron caminando y encontrándose con cuerpos radiantes, jóvenes y bellos, casas humildes, vendedores de comidas al paso y puestos en los que podía comprar disfraces de la parca que uno quisiera, féretros en miniatura, postales. En uno de ellos también vendían dulces regionales. Raúl compró uno de frutas rojas y lo guardó en la mochila. Se sentaron en una plazoleta a esperar que atardeciera, para ver la ceremonia, donde un señor vestido de verdugo oraba y repartía los nombres de los difuntos y los lugares a donde debían llevar sus cenizas. Podía ser cualquier parte del país o del mundo, por eso hacían intercambios con turistas extranjeros y fomentaban nuestro país. Al otro día Raúl y Marisa ya viajarían al último pueblo. “Falta poco”. La sonrisa de Marisa fue la más blanca de todo el viaje, más blanca que los rostros que habían visto durante todo el recorrido. Ya restaban apenas un par de días más para dejar de ver tanta muerte junta, tranquila, con aire de campo, para volver a la ciudad, y a la rutina, donde apenas los muertos pueden descansar en paz, y otros tantos se mueren cada día desde sus ojos, mirando la televisión y la vida pasar.
No mas que otra noche vencidaa los pies de una herida que no cesay tu nombre galopando en mis oídostu boca errando los pasos del tiempo.Cansada de esperartemariana ya no esperani se sienta a esperar.Me lleve tu nombre al altar de la memoriadonde los rezos de creerte sedya no encienden velas sobre la garganta.Esperar prohíbe buscar.Y los minutos no pierden el tiempo
solo resucitan
en busca de otra vida que los mate.
La tierra se amontona tenebrosa debajo de los pies, formando una pequeña meseta. Los zumbidos se acentúan, luego se desgranan, los pies se alejan, hasta llegar a una constelación de silencios. Los oídos se agudizan pero no logran escuchar, no sienten, no palpan la suavidad del eco y, con la sonoridad de las palabras que burbujean me tejo una gran bufanda que abrigue del frío para reducirlas a la mínima sensación de desprecio, hasta acariciarlas y mirarlas con cariño, despertar sus cuerpos en mi boca y que se deslicen a mi mano, al silencio o a una hoja que vuele y se vaya por dentro, viajando cientos de kilómetros con su combustible de acero para situarse vagamente, ahí donde solo brilla una pequeña estrella, en el pequeño altar que desata la memoria.
Sos el numen que emana la fuerzael tejido del edénque nace en la boca de los muertos.Pegado al pecadoal lóbulo de mi orejasos el alfabeto el fusiblela fusión de mis ganas al deseoy esta manera curativa de mirarte.Sos el cultola bondad nuclearque requieren mis manosy esta alergia que oprime la nariz.Pero ya no te respiro.
Voy a conocer la real sensación de cruzar los puentesde acercarme al borde de las cosas y su ranura de río.Voy a revivir la voz que se raja en las baldosas de la radio,voy a renacer desde la piedra ruday ramificarme como un tumor en las risasen la rabiaen la exquisita locura de saberme rezode saberme brisa en un recuerdode renacer cada segundo en la agonía.
Sangra el sol por la persianay afuera ellos cantan alfileresa través de sus ojoscentro del caos su bandera.Solo quebrar el vacío les desnudarìa la lengua.Hablan de espuma sin saber donde duele el mar y su tristezales resbala una cruz en la gargantaacarician los peces de su frentey nadan se hunden.Nunca sintieron quebrar
los huesos del llanto hasta las cenizas.Devotos del viento y de los pájarosenredan el vuelo a sus cuellos.Anzuelos de la noche se cuelgan al filo de sus dientesse carnean como buitres.Cuando ellos beban la osadía de volver al lugar donde nace el vacíoverán abrir el cielo en sus pechosarrimarse gaviotas a la sienramificar el sol por las pestañas.Van a saber de qué color se viste la muertedónde dobla sus manosy cómo se lleva la vida en la boca.Alguna vez serán capullo esperando el grito la luz.Alguna vez serán del cielocuando desista la sangre oscura de cada díay encuentren esa herida que los calle.
"Y porque siempre serà en ti la primaverayo te bendigo desde la tristeza"Jorge Lemoine y BosshardtY mi tristeza es un espasmoun pequeño bidón a orillas del ríoahogándose lentamente al resguardo de la lluviade los cauces y tu boca.Por que cualquier parte es tu cuerpocuando no hay sol ni sombra ni tus fraudes.Mi tristeza es una raíz petrificadaequilibrando el moverse quietola piedad de esta piedra que soytallándome entre los brazos.Y quererte nada más que en la tristezacuando duelen los ojos y su hierroy se cansan y se sientanno respiran.Solo para morir bostezo del aireen la floja sensación de ser tu espaldaen el quiebre de los dedosdesgarrando la esperanza y la poca fe de ser tu río.
El espanto quebrándose y cayendo en polvo sobre mis cenizas,
sobre el pequeño resto de la conciencia, de lo efímero, de las abstracciones entrelazadas a la carne y esta maldita costumbre de hacerme brisa.
Encontrar espejos en lugar de puertas, y la desesperación tal de necesitar una llave, una entrada a una salida o tu voz, para poder hablar desde tus cuerdas vocales y ahorcar cuando necesite callar los gritos que llueven sobre las manos, como llueve el amargo resplandor de la puerta nueva, de la búsqueda incesante, de otra cosa detrás del espejo.
En la humilde conjetura de un abrazola cruda realidad se pudre sin coccióncruda visibilidad del cieloy sus torres de agua.Ser fiel por una vez a la lágrimagoteando del techovencer o vencertey tal vez finalizar el fin abandonado que buscamos.Detener la búsqueda aferrarse a las palabras creciendo en el jardín de tu aliento perdidodetener la búsqueda(el miedosiempre el miedo)Sentirse una débil cuchara que se hunde intentando beber entre los brazosun poco de océano.
Y podrás enhebrarte al caprichoa los huesos a la noche a la bocanada perpetuándose a tu boca mal heridaa tu escarcha ácida sobre los finales humeantesy sabrás de demencia de inviernos alados a los tobillos ese frío austero que te sostiene.Sabrás del silenciodel sonido del cristal en el ríoy tu vos de míquebrándose en la garganta.
Una prótesis de infinito ablanda la perfección del lenguajey su borde insegurocuando la voz ya no cabe en el viento
tan sólo somos
el bordar de los pájaros
sobre la marea
Se dijonegar la naturalezade una nación que nadie palpitay su necesidad de nomeolvidesdonde lo normalno es nocivo para la saludni nutritivo.Vos y esta necia neurosis nudistaque nos anida.
Ciudad que ronda en las esquinasen las grutas del espantouna calesita suena entre tumbas(el tiempo y su girar)Perdoname la respiración tardíay este cielo cubiertoaterrizando sobre la piel.Cadáveresun poco de muerte a escondidasla educación en tu rostro desvestidoel rojo amanecer que sacrificabuscando un posible sentir.Lágrimas surcan el suicidioy esta ciudad lloralas ganas repentinas de naceren tu cuello a la luz de la espera.
juegocon tu voz temblorosaencendida en el pábilo de la nocheo con el atardecer que nacede tus ojos lejanos.Respiro desde un aljibellueve lentitud no puedo ser felizen tardes y entierro.
La muerte es lenta
Y va llevándose de mí el horizonte
Violenciaembrutece el coraje de las palabraslas revienta contra el suelodesgarradura de saberme heriday esta aberración a querertela clemencia olvida el vestidosangre esquivaen las baldosas de mi cuerpotemor de amanecer ahogadaentre flores muertasdeshojando la oscura composición del miedo
Y los barcos de papel en el corazón clandestinozapando una cancion yendome de acáy de mas allá donde los bordessin nadani una miradasubida a trenesni risas pegadas a los ojos.Inmensidadesa tu vos en tu lunafinal abierto.Querer que quieras los miedosllores los maressalpiques coloren la nocturna voz de la cabeza.Haces de este crónico musicaluna enfermedadgirando.