martes, 3 de noviembre de 2009

(título desconocido)

Los perfumes son esa sustancia gris que se evapora en la distancia, en la calle, en las rutas que se alejan cruzando distancias eternas, cruzándote a vos.
Desconocer tiene ese sabor blando de la inseguridad abriéndome la puerta en una fachada antigua, como tus besos, que se elevan como una cruz plagada de flores, de ojos azules o blancos mirando de reojo y se fastidian. Y otros quieren llevarse a su casa un ramo reluciente de tanta naturaleza muerta, como la de los muertos rodeados de flores. Un círculo vicioso, vida muriéndose para darle vida a la muerte.
Sentimientos silenciosos se posan donde una señora le da de comer a las palomas en un banco de la plaza, y la señora no esta mas sola que ese banco y forma parte del paisaje, y de la mesa servida a las miradas que comen al igual que las palomas, y que también comen carroña.
Todo es tan natural, como nuestra razón de besar que nos consume, como el día, como una vela, como el eterno girar de la tierra y de esa ruta que nos lleva a donde todo se enciende, perfora y apaga en el cielo, de tarde. Pero no es negro el cielo, debe ser tu rostro acaparando la luz, transformándola en el fin, en un fin redondo, bien pensado, en el círculo vicioso. Nada existe, el alma cae como un otoño desierto en el desierto anclado a la deriva de una ruta. Ahí los cielos son más amplios y no tienen la corteza atada a los pies. El cielo no es el mismo arriba tuyo, ni arriba mío, ni de la ruta. Pero si es un corazón latiendo en la oscuridad que me queda, combatiendo en la frontera ilimitada de la noche, ese saber no terminar y el paraguas negro bajo la lluvia, abriéndose como una hoja seca.
Y el charco, la agonía de tu cielo en la víspera de la palabra. Ella es lágrima, pero la lluvia es el eco de tu corazón autista, de los chicos amontonados al destierro del amor. Ese amor que no ahuyenta ni a los espantapájaros ni a los cuervos ni a la sangre.
Hay días que las palabras beben toda tu lluvia, y vacían los floreros de los girasoles muertos de tu mesa, sobre el mantel que se ensucia todos los días, como el asfalto se mancha de paso, de viento, de vidas. Un llanto se derrama sobre los charcos, y nadie se da cuenta, un poco mas de agua no es saliva, un poco de amor no es un charco, ni es del llanto la comida. Es una catarata invisible que alimenta las flores en las esquinas de los muertos, en los girasoles de tu mesa y ese aroma a horizonte cerrado saliendo del horno. El miedo nos mantiene heridos, y no hay mas que una ruta pisoteada, que los horizontes perdidos detrás de los ojos que se arquean para poder ver un poco mas, para poder tocar ese charco que crece como un mar infinito, lleno de peces y girasoles brillantes, de perfumes grises que van evocando la distancia transcurrida, y de corazones latiendo debajo del banco de la plaza, ya del otro lado de la ruta.

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