domingo, 28 de agosto de 2011

Revolución



A los siete años me enamoraban
motociclistas, ciclistas y boxeadores,
miraba con mi abuelo
corredores de fórmula uno
desconocidos con casco en el semáforo
al lado del auto de papá.
Me enamoraban terroristas
verdugos de películas, guerrilleros
gran dilema superhéroes con antifaz
y luchadores mexicanos, astronautas.

Sin importarme sus nombres, sus banderas
carrocería, partido político,
sin importar el tamaño de su nariz, color de piel
si era hombre o mujer,
cuántas constelaciones formarían sus lunares.

Me enamoraban las miradas
todas las palabras que desprendían
en lo fugaz de un contacto.
Quería andar por la vida
con un pasamontañas de color,
que todos lleven el suyo.

Que la revolución sea
el poder de mirar a los ojos
y que no importe nada más que eso.





(marea gris)


.

sábado, 6 de agosto de 2011

Arrugas al lado de la ruta


Foto de Josefina Lopez








El café El archivo, frente a la clínica 25 de mayo, mirando los taxis y la gente que entra y sale, ambulancias escondidas de los paparazzis que se amontonan en las pupilas de la personas que pasan por la vereda buscando el morbo, si fue un accidente o una anciana o un bebé. Que miren para acá, en la mesa de la ventana debajo del vitral, con mi saco de lana blanco y las pupilas blancas, dilatada el alma, sin contracciones ventrílocuas. Ayer me dejaste. Me dejaste y apenas lloré . Me comí un alfajor triple y siete bombones con licor. Y ahora estoy en esa ventana, tomándome un submarino en un vaso de vidrio para ver que el chocolate realmente se derrita, como vos cuando te vas y me decís que te vas y en realidad no te vas y estas ahí. Porque seguís vivo. Ya no nos entendemos, decís, ya no me entendés o no te entiendo. Se fue el amor, se hundió como el ultimo pedazo de mi embarcación negra.
Ahora seguramente estas saliendo del trabajo, a tomar algo con tus amigos, hablándole a una mujer hermosa de cabello largo y brillante, mientras el espejo en el baño me cuenta un poco del mío maltrecho, de la permanente gastada, del flequillo torcido y del lápiz negro que va torciéndose en mi párpado para caer por la mejilla mientras lloro pero hago que no lloro porque afuera hay gente y hay vida despertándose para sacar a pasear al insomnio. Mi mano sale del espejo y me limpia con una carilina, la escupe un poco y me refriega hasta dejarme colorados los pómulos, y te queda bien, tonta, vos que no sabés ponerte rubor ni maquillarte como lo hacen algunas mujeres. Viste, sale fácil la mancha del llanto. Pero sos hermosa así, miráte, miráte y peináte un poco. Y vuelvo decente según el espejo, pero sigo llorando bajito, para adentro, porque se que estás riéndote con otra en la vereda, luego en la barra o mientras camines por la calle. Siempre habrá alguien interesante para conocer. Seiscientos mil y pico de habitantes en la ciudad y venís a fijarte en mí. Pero espero que me recuerdes cada vez que las radiografías de vivencias en las personas te azoten y no puedas dejar de hacerlas, e imagines al mirar una anciana, como habrá sido su rostro de joven. Y le harás el photoshop mental que te enseñé, borrándole las arrugas y le estirarás la piel para descubrir los rasgos para pintarle el pelo de color, del de sus cejas, dibujarle un cuello sin pliegues con cada una de las gotitas de perfume que lo habitaron, y que los matafuegos la custodien porque incendiaba los puestos de flores cuando caminaba con su trajecito por Florida, y a los canillitas en la esquina de Corrientes antes de tener a sus hijos, antes de venirse al mar. O la vas imaginar preparando la cena con un delantal de hule de plàstico amarillo, o en blanco y negro, y el bastón desaparecerá del mapa hasta que te mire extraña, tal vez pensando que le queres robar o que te estás enamorando de ella, cosa que no sería imposible si aprendiste a mirar de esta manera. Entonces le vas a decir que lindos ojos tiene, que lindo pañuelo, y ella va a sonreír, tímida pero sincera, con felicidad sincera, y le alegrarás el día. A la nietita que va a su lado la construirás mujer, con rasgos mas afilados que sus cachetes redonditos, con los labios pintados tentando la profesión de besadora que descubrirá unos años más adelante, el cabello suelto, alta, y la confundirás con su abuela, le buscarás los rasgos que las unen y las encontrarás de la misma edad charlando de su vida a un par de mesas mío, tomando el té.
La abuela te mira sonriendo mientras el semáforo se pone en amarillo y el sol se arrima a sus ojos para cristalizarlos. Y el rojo te aleja de ellas mientras vas caminando y en cada abuela o abuelo vas a verme, y vas a evitarlos cuando te pregunten alguna dirección, esquivarle a los puntos turísticos durante el mes de marzo, las compras por la mañana, las casas de té a las cuatro de la tarde, las puertas de los geriátricos y los hospitales. El espejo me dice que me calme, que pida un scon de esos que se ven en el mostrador y una medida de whisky, no hay apuro. El submarino se llevó la dulzura y el bastón de volverte a ver, va a seguir esperándome al lado de la silla.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Las enfermedades del miedo



Se me caen las uñas
los pelos de la cabeza hasta las piernas.

Las personas ven ausencia de pelo
y despierta el temor a la no salud
al monstruo que nos absorbe desde adentro,
ver con sus propios ojos la invasión
la muerte bostezando en un cuerpo vivo.
Hay que taparla hasta la frente
apagarle la luz
contarle un cuento o dejarla dormir.

Somos habitados por finales abiertos
desde la infancia, desde el vértigo
de la destrucción de hogares,
mendigar monedas y amor.

Me voy a sentar en una plaza
al borde de una fuente
con mi falta de cabello y de mis cejas
para que todo transeúnte mire la carencia.

Detonar consciencias sucias
que la asociación vuele directo
a la construcción de la limpieza
a indigentes tapados
por escombros
de una ciudad que demuele su ADN
y eructa edificios nuevos que llenar
sin historias clínicas enfermas,
vendiendo hasta la última porción del aire.

Manos plantan forzosamente
con uñas esculpidas,
alegrías del hogar en la vereda
de la municipalidad
de las iglesias,
porque todo debe estar limpio
todo brillante
todo debe estar lleno de pelo.

viernes, 29 de julio de 2011

Hacer espacio

Siento que no tengo los pies sobre el piso, que las sillas y la mesa y los muebles se alejan hacia las esquinas del comedor, algunos se meten debajo de la escalera. El cielo de pronto tiene la corteza del encierro. Levanto las persianas, se encienden las luces de los barcos y el fuego es más hermoso aún en el horizonte, sobre el mar quieto, en la quietud de tu rostro observando desde la orilla, y desde las esquinas de esta habitación.
Miro mis manos, un jardín va creciendo en ellas, flores abren solitarias y la palma se acostumbra a la caricia. Te saludo estirando los brazos para que me veas, pero estas lejos. Bajo las persianas.
Busco en un rincón donde sentarme, apoyo las manos en el piso y espero. Un temblor desde el centro de la tierra, da lugar a abono fértil desde las baldosas, que luego escupen semillas, se amalgaman y los brotes dan manotazos de ahogado. 
Crecen las plantas, dan flores. El sol da tan fuerte. 
Dejo un rato más mis manos sobre el piso para que a mi lado nazca un sauce. Las paredes oscuras ya no me cercan, se derrumbaron, hay un pequeño alambrado nada más, y puedo ver sin astigmatismo la claridad del campo donde habían paredes. Sólo queda la ventana al mar, que da marco a la perfección. Cualquier paraíso nos sería escaso. 
Apilo alguna de las sillas para que a tu vuelta, haya mas espacio y puedas sentarte sobre el pasto, y ver conmigo el horizonte debajo de la sombra.

lunes, 4 de julio de 2011

Crucíferas y estrés


Hace un tiempo comencé a comer mucho brócoli, descubrí un mundo riquísimo luego del umbral de su olor a podrido, con su forma de arbolito casi perfecto, tupido, cabezas florales siempre verdes y más verdes con el hervor. Con queso, en tartas, en salsa, con panceta. Hace unos días miré los árboles que bordean el arroyo que pasa a una cuadra de mi casa, y vi algo que nunca había visto: brócolis gigantes, esbeltos, seguramente sabrosos. Herví los que tenia en la heladera, pequeños bonsái que harán nido en mi estómago. La tierra del barrio es buena, saqué todas las flores de raíz, y planté mis amados para ver si crecerían hervidos, sin canteros, pero formando diagonales en el jardín. Puede ser que crezcan, sino con la escarcha del invierno van a quedar lindos un tiempo. Nada mejor que mostrar en la vereda lo que hay adentro de la casa con tanto amor, y un cartelito que dé la dirección correcta, para que el verdulero nunca se pierda y pueda traerme a casa ramos de brócolis, con una tarjetita que diga, felicidades.
Esto del brócoli me esta estresando un poco, creo que esta creciendo el pequeño bonsái y los jugos gástricos están cansados de licuar tanta crucífera. 
Me tomé unas vacaciones, fuí a una playa en temporada nocturna. Me fuí al Mar Negro. A una ciudad que parecía un parque de diversiones, demasiada locura para mí, mucha luz, muy Las Vegas. Solo había hoteles. Eran hoteles clásicos, con habitaciones simples, dobles, cuartos de libra y suites. Todos sobre la playa. Pero con detalles únicos. Uno tenía un techo con toboganes formando sus aguas, de muchos colores, y daban a piletas que bordeaban el hotel. Otro tenía un carrusel, y un tipo con la sortija pasaba horas sobre una grúa esperando que algún pibe se cayera así se dejaban de joder. Igualmente en estas tierras está todo calculado, nada está librado al azar. El hotel brindaba los servicios de bomberos con una colchoneta, por las dudas. 
Había otro con una ruleta, los jugadores compulsivos se metían en fichas gigantes y apostaban su vida; los que ya estaban en rehabilitación, se peleaban por ser la bola blanca. 
La playa no tenía carpas como acá, no le sacan tanto jugo a los turistas, pero sí habían sombrillitas con una barra debajo, para tomar un aperitivo, y puestos de artesanos vendiendo cosas. Había fetos de tiburones en frasquitos de almíbar. Y también carteras.
Pero lo más llamativo era un circo, un circo sobre el mar. Se entraba por un puente, las entradas mas caras te permitían un lugar en tablones de madera. Pagué una de esas, para las mas baratas tenia que saber nadar, y el agua del mar me da miedo para eso, más éste, lleno de algas que lo hacen mas oscuro. Parecen bichos. Si bajabas por un ascensor en el intervalo, te encontrabas con un restaurante de sushi, vidriado, con un japonés que mandaba a un buzo a buscarte el pez que quisieras, y lo comías al rato en un maki. 
El escenario era una pista de hielo y los números clásicos de circo no sorprendían, a lo sumo algún delfín o piraña amaestrada, saltando como las truchas en el sur. Me fui pensando en alguna trucha asada, pero como no tenía a mano, me compré una bolsita de snacks parecidos a los chizitos de acá y caminé hasta el hotel. El mío tenía en su terraza una réplica del amazonas y una colectividad de Roamaynas en su interior. No les gusta ver mucha gente, pero tal vez, el all inclusive me dé una lanza y alguna ropita típica para entrar, y ver si puedo pescar algo en el río que también tienen a disposición. Si son ricos, parecidos a las truchas, puede ser que me pierda por ahí, así me alejo un poco de la civilización, del brócoli. Todavía lo extraño. Por las dudas me traje unas semillas.

viernes, 1 de julio de 2011

Pan y Manteca

Una tarde con hebras de té, en la mesita acantilada que da a la ventana de 25 de mayo. Pero no hay costa, sólo gente que pasa, mundos pequeñísimos dentro de las carteras, en los bolsillos, en peines cientos de peinados canosos. Un mundo subterráneo debajo de los tapados, camperas de rafting por los ríos del asfalto escurriéndose, vaya a saber dónde. 
El comienzo de la noche, la ventana. La mesita redonda tiene la forma de tu mirada, que rebota contra los marcos de los cuadros y el brillo del vidrio. 
No estas acá, no sos lluvia. Afuera paraguas se abren, los peinados se deshacen inocentes, esperan refugio, caldos tal vez, el calor del cuerpo dando aire frío al cuerpo caliente, espasmos. 
Te prepararía una sopa riquísima, como las de mi abuela en el campo, perdidas como el apio perdido entre vapor y sabor intenso, y tanta piel llenando de aromas cada casa, cada puerta que se abre en el cemento de tu cama. Mesadas de mármol y cuchillas acariciando el sustantivo que irá a parar a la olla, donde también se nebulizan los llantos.
Pero no estas acá, no sos lluvia. La lluvia envidia mi taza vacía, quiere entrar, quiere acomodarse entera, y yo quiero ser ella, su desliz en la ventana, o en tu mano de roble, en la gota de té que no quiere llegar a tu boca y cae de nuevo por la porcelana blanca de la taza. 
Abuelos pacientes se resignan al agua en la vereda, desaceleran los pasos. Hace frío y no estas acá, ni en las patas de la mesa, ni en el teléfono mío que suena y no atiendo. Perdí tu señal, como las bocas de tormenta que se pierden en estos días de invierno.
Las velas encendidas en las esquinas del café, aglomeraciones que aparecen con lágrimas de cera caliente, caen y frenan ahí no más, dan lugar a mas formas, muchas mas de las que devuelve tu gesto difuso en alguna aparición religiosa. 
Ya no tenès boca ni nariz ni ojos afeitados, ya no tenès cejas arbitrarias, ni tus ángulos de ave vuelan. El cielo está vacío. 
Miro mi taza también vacía, pido la cuenta. Me levanto y mis dedos tocan el borde de la mesa de madera, los arrastro hasta tu mano, recorro su meseta, sigo hasta subir a tu hombro. Te besaría, pero ya no veo tu cara delante mío.
Salgo del café sin paraguas ni capucha, me choco con un señor que no quiere mojarse de màs y entra apurado a buscar refugio o algo caliente para tomar. Se sienta en mi silla recièn abandonada.
Paso por la ventana y estas ahí. La cera se desliza un poco más en los candelabros.

lunes, 13 de junio de 2011

Esperando un bautismo


Sobre la mesa esperando el café
una porción de sol cubierta de chocolate y caucho
la abuela en la cocina
mientras pienso o sueño o existo
quiero ser tu tejido cancerígeno despierto
invadirte el corazón
empujarte los demás órganos
dejarte sin aire.


Pero sus células casi nunca se dividen
restringidas a bombear la sangre que me sacaste
y una enfermera se lleva la bolsita
para alguien que la necesite más que yo.


Te veo desde la ventana, arriba del viento
te parás sobre los broches
cuelgan de tu piel en la soga.
Me ves, volás
volás al cable de la calle
el poste de luz hecha raíces
corta la circulación de los circuitos.


Hasta donde vayan tus pasos
siempre habrá charcos de agua
esperando alguna reacción
algún golpe de electricidad,
pero desaparecer siempre fue tu mejor propuesta.

Mis células quietas no mutan, te esperan
trabajando en esta fábrica de huesos
hermética, blanca, desoldada
llena de escombros,
donde me meto en una bolsa de consorcio
para enterrarme en medio del jardín
cerca de la planta ruda hembra.
O quedarme a ver
cómo el recolector se lleva mi cuerpo
junto a caranchos
perros muertos de hambre
y vos, mirando desde el tacho de basura vacío.


Soy la calle y la tragedia
chapas cubren altares de cielo
mal de Chagas en los ojos,
periferia de la inconciencia colectiva
y culebrillas cansadas de morder
de rodear manzanas de barro
en la cintura del circulo vicioso.
La abuela dice no toques la tierra lo sucio
pero la contaminación es peor en el cemento.


Ahora te detenés sobre mi cruz
acoplado a mi espalda insomne
con los muertos que llevo al hombro durante el día
atándole cordones a la paciencia.





Me llevás a domingos párrocos en sotanas
al sótano que soy cuando te veo
sin sol naciente, pero con un kimono colorido
para que no sepas si soy el horizonte
si es mi cariño embalsamado
corriendo por tu cabeza con ciervos llenos de sangre,
o si es el final de tu lluvia.


La transferencia y el goteo termina en mis venas
un submarino se ahoga en la espera
mar esmerilado de las puertas vaivén.
Ansío ver desde tus ojos
la edificación del futuro más cercano
y verme a mí para no perder
esta costumbre de perderme.


Por eso voy encontrándome
con la naturaleza de mi cuerpo,
vuelvo a la placenta
a lo fatal y fetal de amar con heridas abiertas,
para cerrarlas con una aguja e hilos de tu piel
y cosernos un vestido hermoso
imaginando dónde rozará
cada parte de nuestros cuerpos.


Cansada de morir de ser tu puente
el agua río abajo filtra tu mugre
lava sus ropas sobre las piedras
con su puño las palabras recogen el cabello
escriben en mi cuello, nunca.

A orillas del rio voy a secarme al sol
condensarme en una nube
ampararme en tu bosque
en tu respiración de lobo transeúnte,
tu boca no cesa de comer
en el predio abandonado de mi fe.


Pero sigo llena de containers
de ciudades partidas
y mórbidos paisajes de vapor
esperando verte dormir sobre mis rieles.


Amor, quiero cocinarte
purgar el agua que ahoga
que el fuego te coagule la sangre,
saber que la tenías en algún lugar.
Plantar tus semillas
destinar amor a los brotes,
que algo florezca desde mis manos
tierra donde volveremos algún día.


Llueve, corro y enredo el vestido
en una boca de tormenta
me voy con desechos que todos olvidan
hasta tapar cañerías e inundar casas
llenándolas de agua y de moscas.





Desemboco en el mar al mismo tiempo
en el que un río trae
pedazos de algún puente
y un pájaro se detiene a enfrentar al viento
sin cables ni plazas
ni tejas llenas de verdín.


En el mismo momento
un cofre se abre para dejar volar cenizas,
vida en polvo  tal vez
de alguien que no toleró la sangre,
en el mismo hospital en el que se abre
la puerta de vidrio esmerilado
y un delantal verde da la noticia
de que nací
que pesé tres kilos y una mirada tuya
y me ponés el vestidito rosa
que compraste el día en que me conociste

mientras, la abuela corta
una porción de torta
y el café se sirve
en cada una de las tazas.