martes, 23 de noviembre de 2010

Dualidad

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Me pierdo. Los datos de mi paradero deambulan y decantan con un viento débil que pierde por docenas la decencia. Si había algo decente eran mis dedos, decolorados por tus labios que degradaron la verdad con el delirio de las mentiras. La demagogia degolló a los delgados cuellos de la duda. 
Era delicada mi lengua y sólo degustaba el derrumbe, los depósitos de la depresión reinante. El desayuno era euforia devastada y la desazón de los desechos. Tu mordisco el desajuste directo a la dicha diáfana proveedora del hambre. 
La devoción por el desvío domesticó la dinastía semanal de mis domingos.
Ahora me detengo frente al desvelo, a la destrucción, al desquicio de la piel desierta. Despellejo la despedida del viento, la deshonra que desde lo más hondo del descanso derrama tu boca descubierta.
Podrías defraudar a los daltónicos con tu color siempre débil, a las damas que se reparten dados y danzan sobre mesas de suerte, deambulando defectos dedicados al dedal y su decorado de urgencia al déficit. Los delantales cubren el delirio democrático, la densidad de las dentaduras a la deriva derraman injusticia, el desafío desolado ante un diluvio. Un desliz desnuda el oasis deslumbrante, despacha el calor y me demuestra lo dictatorial y lo didáctico de un diccionario dietético. 
Diciembre me encuentra unida, difuminándome, digitalmente dilatada con la diplomacia del diptongo. El diagnóstico paraliza el diafragma, se despluman mis aves discípulas. Duplico la dulzura, soy la droga que dramatiza el dolor en lentas dosis dominicales. 
Diseño el discurso de las disculpas en dirección a tu disgusto, la distribución de la demencia al dormir. El disfraz de tus dones desvanece, el durazno dibuja la pelusa, el detalle difunto, día a día devora la obra del destino. El desprecio desplaza los pliegues del cariño. 
Que algún dios descienda a descargar humanidad en vos y que disfrute de la duda. Que la denominación de origen sea distancia, diurno el amor, y los disparos.

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