Ya no hay miedo, solo es él como un vidrio incrustado en el pecho, besa la frente, se aleja mirando como un buitre que lleva un pedazo de mi carne y duele, pero esta ahí, sigue cada noche cuando se deshace la luz y teje como la señora en el fondo del abismo. Teje para inmortalizar un instante sobre el torso de alguien que abrigue la necesidad de abrigar. Hace frío y él esta ahí, vuelve para acuchillar los parpados y sus rascacielos, no hay nidos en la prosperidad de las alturas. El tiene la forma de lo hueco, pozos con rostros que rodean. Cava, rasca la tierra y profundiza, enciende señales de humo. El vidrio aún esta incrustado en el pecho y no se va. Me hunde, consume de a poquito y punza, punza cada vez mas rápido y enseña nuevos lugares oscuros, sin nombre como él y su cuerpo que me invade, ocupa tiempo y metros, sobre todo distancia. Nunca habla, esta en mi pieza y aleja la realidad, todo se aleja; el ropero, la mesa de luz, libros en el piso, las pantuflas, fotos. Estiro las manos y las piernas y no alcanzo a tocar, todo se escapa, se lo lleva lejos. Grito que se vaya y la señora me abrigue con su color azul, o su naranja.
Sigue corriendo la noche y llueve pero es tarde, nunca volverá a ser lo mismo, los ojos vieron algo que no, y no no es nunca, y el siempre nunca es para siempre. Las puertas se abren como telarañas en el medio del pecho, y es el reposo de una pinza clavándote sus dientes hasta extirpar todo y llenarte de otra cosa que enseñan los ojos del desconocido. Ese sin sabor de boca dormida te inunda la vista y crees en el fondo del mundo. Y vuelvo a la plaza, a hundirme en constelaciones detrás de los ojos, que deshacen cielo sobre la piel con agua errante y espinosa.
Es el ocaso de la lluvia y el señor sigue ahí, sin decirme su nombre, tiene la presencia del vacío. Después sigue lo mismo, la costumbre del tiempo repetido, sentir cada día un hueco consumiéndose a si mismo.